Mi querida Vida:Se me hace extraño haber compartido tanto tiempo contigo sin haberte dedicado expresamente unas líneas, unos versos, unas palabras sueltas... Has ocupado muchas de mis reflexiones
(incluso eres el eje sobre el que gira mi primera aventura en la blogosfera) pero, que yo recuerde, es la primera vez que te escribo. ¡Espero que no sea la última!

Lo primero que debo aclarar es que no sé distinguir dónde termino yo y dónde empiezas tú. Por eso a veces, sin querer, te digo cosas que en realidad debería dirigir a mí; otras veces me creo que yo tengo el mérito o la culpa de las cosas que tú me deparas. Espero que estos líos no nos confundan nunca ni rompan nuestra
armonía y
complicidad. Sé que
depende de mí.
También sé que para algunos no tiene sentido que te preste atención; aquéllos para los que sólo existe el aquí, el ahora, el entorno. Pero aunque el
existencialismo describa fríamente una forma de vivir (más bien autolimitada, ¿no?), yo sigo pensando que la
Vida es Algo. Que tú eres algo.
No reniego de ti.
Por cierto: puestos a clasificar, ya sabes que me veo seguidor del
Objetivismo Emocional (si existiese tal variante del
objetivismo, cosa que desconozco). Ojalá lleguemos tú y yo a demostrar que se puede transitar por este mundo basándonos en la razón pero sin ignorar los sentimientos y emociones propios, ni los del prójimo. Tan humano es saber razonar como saber sentir; más que humano, yo diría que es
divino.
Me estoy poniendo un poco pesado. Mejor olvidemos las clasificiaciones y centrémonos en lo que me ha movido a escribirte hoy: después de tanto tiempo... mmm... he sentido que... yo diría...
La razón... como buen objetivista emocional... mmm...
¡ O y e ! ¡No sé!
Creo que no he razonado mucho antes de escribirte; resulta que es un
impulso. ¡A ver si vamos a tener que fundar el
objetivismo impulsivo!
Ahora que lo pienso un poco, ¿sabes?, creo que te escribo para enviarte un sentimiento, una vivencia, una certeza... algo que se ve en la superficie pero que está recalando muy hondo.
Hoy, vida mía, quiero enviarte un sentimiento de
amor en gratitud.
Quizá debería bastar con decir Amor, ya que el amor siempre es agradecido porque siempre te hace sentir agraciado. Y es que, Vida mía, me he dado cuenta de que
te quiero; te quiero y nunca te lo había dicho.
Ahora que lo he soltado, me empiezo a sentir mucho mejor, es como si hubiera descorchado la alegría que aquí dentro amenazaba con agriarse.
Han sido pocas palabras para tanto prólogo, pero así son los impulsos: repentinos, intensos, breves, como actos reflejos, pero a la vez delatores y expresivos.
Si le enseñas esta carta a alguien (tienes permiso), aclárale para que no se confunda:
no le estoy hablando a la Naturaleza,
ni a mis padres,
ni a mi pareja,...

Te hablo a ti,
Vida mía,
Vida que existes después de mi muerte,
Vida que esperabas mi alumbramiento.
Mi Vida, tan llena,
mi Vida, vacía,
mis risas, mis penas,
mis noches, mis días,
mis "antes", mis "luego",
mis vueltas, mis idas,
mis miles, mis cientos,
mis muchos, mis varios,
mis pocos, mis CEROS...
Estabas en todo, y en todo sigues estando. Y yo contigo, sin saber dónde poner la frontera entre Tú y Yo...
Pero ¿acaso es necesario?