Incluso sin verme sabréis por dónde lucí mi majestuoso paso; es sencillo observando la estela de plantas y terrenos aplastados que voy dejando tras de mí. Tengo mucho cuidado para no estropear nada, pero este tamaño conlleva esas consecuencias; al menos, me alegra saber que otros aprovechan esas estelas como caminos allanados para su propio avance. No hay mal que por bien no venga.
Os aseguro que quiero mostrarme tierno, que lo intento repetidamente,... pero no suelo conseguirlo. Son demasiadas arrugas, y un aspecto demasiado imponente; sin embargo... también tengo sueños e ilusiones.
Un día imaginé que mis orejas se abrían y mis huesos se ahuecaban; era capaz de volar. No sé cuánto duró la ensoñación, ni cuántas veces se produjo, pero fue tan intensa que llegué a creer que podría ser verdad.
Incluso a partir de cierto momento, lo asumí como si fuera realmente una parte viva de mi. Y delante de todos, convencido de mis dotes voladoras, anuncié con pomposa satisfacción:
- Echáos a un lado.
- ¿Qué dice el orejotas éste?
- Apartáos, que voy a levantar el vuelo ante vuestros ojos.
Hice crujir varias piedras con mis patas traseras al recular un poco para coger carrerilla; la audiencia permanecía boquiabierta, incrédula, probablemente pensando que me había vuelto loco. ¡querer volar con tanto peso encima!
Después de realizar lo que yo sentía como una grácil carrera, tomé impulso para alzar el vuelo. Algunos no querían ni mirar, convencidos del fracaso inminente.
Aprecié la aceleración de mi corazón y sentí que el aire se aligeraba a mi alrededor, que mis patas tocaban el suelo sólo de puntillas... que me separaba de él... ¿alzaba el vuelo? Un instante eterno para mí.
- Aahhh.
Oí la exclamación simultánea de todos, al mismo tiempo que me golpeaba en lo hondo la humillación del suelo chocando contra mis plantas; esa vibración que se propagaba alrededor y que retumbaba por todo mi esqueleto. Miles de kilos de carne vibrando y queriéndose separar de sus huesos. Un terremoto de órganos.
Mi anunciado vuelo, tan soñado y tan sentido, quedó en algo mucho más discreto.
- ¡Qué vergüenza! Lo siento, amigos, estaba convencido de que podría volar pero apenas he podido dar un saltito.
Azorado, desengañado, renegando de un sueño absurdo, ahora no era capaz de levantar ni siquiera la mirada. Cuando por fin me atreví a enfrentarme a sus caras, ninguno había cerrado la boca; los ojos aún más grandes, el gesto relajado, como si tuvieran las mentes en blanco. Absortos. Hasta que una amistosa cebra rompió la extraña calma.
- Pero, tonto grandullón: ¿acaso no sabías que para los elefantes es imposible incluso saltar?
Y al momento todos empezaron a silbar y vitorear, considerando una gesta el corto vuelo que supuso aquel saltito.
Ese día mi vida se llenó de sueño y mi sueño se llenó de vida; lo que había imaginado, lo que había sentido y lo que había querido compartir dieron un fruto distinto, pero igualmente extraordinario.
Hoy sigo viviendo tranquilo, avanzando con mimo entre hierbas y matorrales, abriendo caminos y mirando hacia adelante; guardando en lo hondo de mi ser el episodio que acabo de contarte.
Y me siento ligero y feliz.





Hemos aprendido a simbolizar que los once del pueblo de al lado no puede ganar a nuestros once en nuestro propio terreno; ¡si son capaces, nos los comemos vivos!