17 junio 2007

Tomando aire

Si te apetece, detente un momento y observa la colosal ballena que va a asomar a la superficie.

Emerge después de visitar las profundidades, frías y plagadas de misterios que a muchos les gustaría conocer pero pocos se arriesgan a buscar.


Con expresión imperturbable, inquietante para algunos, la mueve un corazón de ritmo lento, (apenas quince bombeos por minuto) que hace creer a observadores ignorantes que está enfermo, a punto de flaquear y detenerse.
Pero no es una lentitud enfermiza, sino la comprensible consecuencia de la enormidad y potencia de sus cavidades, capaces de repartir a ese ritmo la sangre necesaria para renovar vida en cada célula de su monumental cuerpo.

Este cetáceo, amigo de la profundidad y esclavo del aire, emerge casi sin ruido, expele el viciado gas de sus pulmones y aspira con avidez todo el aire que puede a través de su orificio craneal. No es casualidad que tenga ahí precisamente su "nariz"; los expertos dicen que es una adaptación a la vida marina, pero yo creo que esta forma de respirar le sirve para oxigenar cuanto antes las ideas de su cabeza.

A pesar de ese corazón, de ese enérgico vaivén, se la ve fatigada.

Hoy sopla y resopla este animal marino, monstruo ficticio de novelas reales y cómodo hogar de docenas de especies que colonizan su piel y zigzaguean a su alrededor encontrando nutritivos beneficios.


Pero mientras contemplas esta visión, date cuenta de que ya todo está pasando.
Su curvilínea trayectoria vertical ha cambiado de dirección,
y sus ojos ya apuntan de nuevo hacia el fondo.

La gigantona ha tomado aire,
se ha dejado tocar por el sol,
te ha visitado a su manera
(emotiva para unos, gélida para otros).

Y ahora,
de nuevo casi inexpresiva,
parece ignorarte
y disponerse para la profundidad.

En el último momento
(quizá jugando),
levanta el amplio abanico de su cola;
mientras desaparece
parece decirte adiós.