29 julio 2007

Segundo periodo de carencia

Q caprichoso es el devenir de los acontecimientos; unos se hacen esperar y otros se producen cuando ya ni siquiera pensabas en ellos. La vida se alegra si uno sabe aceptarlos y sentir que siempre hay oportunidades para crecer.
Este blog no se escapa a esas erráticas reglas y se muestra hoy algo dolido, aunque a la vez dichoso:
  • Dolido, porque se inicia un nuevo periodo de carencia, por motivos similares a los relatados en el homónimo artículo de abril.
  • Dichoso, porque en definitiva el motivo es de dicha. Y es que este aprendiz de narrador ha conocido recientemente que ha superado el filtro de la primera prueba del proceso de selección en el que está inmerso para su promoción laboral. La noticia ha llegado justo cuando ya había olvidado que existía esa posibilidad (no tenía ninguna fe en ella).
Así pues, amigos, y sin que vaya a ser un precedente a seguir:
  • Este artículo es inusualmente breve.
  • Este blog quedará casi detenido provisionalmente.
  • Este narrador dedicará mucha atención al estudio y poca a los blogs.
De vez en cuando os iré visitando, y alguna vez espero encontrar comentarios por aquí.

La vida sigue su curso.

---------------------
Para quienes conocen algo más, daré algunos datos:
- En todo el país se ofertan 7 plazas.
- Inicialmente, han participado unos 214 opositores.
- Sólo 13 hemos superado la primera prueba.
- La segunda y definitiva prueba será el 22 de septiembre.
----------------------

24 julio 2007

Mi Anatomía octaédrica figurada

Mi querida Lucía me ha invitado a participar en una cadena que sé que estuvo circulando hace unas semanas en la blogosfera. Ella me ha transmitido instrucciones un poco diferentes a las que traía ese meme en un principio, y yo hoy me invento una variante para hacerla original de nuevo.

Espero que este reto de sinceridad creativa sea seguido por alguien:

  • El autor elige ocho elementos físicos de entre todo aquello que siempre o casi siempre va sobre su cuerpo o formando parte de él: su anatomía, su indumentaria, etc. No tiene que basarse en los mismos elementos corporales que yo; puede elegir los que desee.
  • En cada elemento, el autor debe expresar qué utilidad le da él, o qué representa para él, o qué metáfora de su personalidad puede describir a través de él. De este modo, al final habrá descrito ocho facetas internas de sí mismo apoyándose en ocho elementos visibles externamente.
  • Al final, se puede invitar a otros bloggers a que hagan su propia Anatomía octaédrica figurada.
Sin más preámbulo, y como primer ejemplo, allá va mi octaedro:

  1. La boca.- Intenta mostrar siempre una sonrisa que facilite el acercamiento de los demás. Deja salir palabras con gran fluidez, a veces cargadas de ironía, pero prácticamente nunca le escucharás decir nada casual: soy de los que intentan decir lo que piensan y pensar todo antes de decirlo.
  2. Los pies.- Son dos y no siempre están de acuerdo entre sí (cada uno quiere ir en un sentido distinto); será por su simetría. A veces me mueven a su antojo y otras veces me ofrecen un sacrificado servicio, permitiéndome desplegar esfuerzos en caminatas de largo recorrido. En ellos me apoyo; son mi espiritualidad, la familia, los amigos... ingredientes todos que soportan el peso y la energía de mis movimientos.
  3. El móvil (celular).- Prácticamente siempre en mi bolsillo, agazapado, manteniéndome disponible para comunicarme con aquéllos que más me importan en el mundo. También lleva mi agenda, mis contactos y citas, que para mí son imposibles de recordar dada mi enorme tendencia al despiste.
  4. Las gafas (lentes).- Corrigen los defectos que podrían engañarme si me fiase sólo de mi visión natural. Son las opiniones de los demás, la lectura, la música, la reflexión,... No me doy cuenta de su valor hasta que un día las dejo olvidadas.
  5. El olor.- Muchas veces llego a un lugar y personas que no conozco de nada ya saben algo de mí; es el "aroma a Panflín" que me precede en algunos círculos. A veces es agradable que otros sepan cosas de ti, pero normalmente me desconcierta mucho, aunque intento que no limite mi capacidad de relación con esos otros.
  6. Los dedos.- Los he utilizado a veces para contar, para no equivocarme en los cálculos. Utilizo mucho la calculadora interna, de forma casi inconsciente, y hago planes (o los fantaseo) casi sin darme cuenta. Otras veces creo que, como decía mi querido abuelo, tengo un sentido especial para adivinar lo que va a ocurrir en un futuro inminente; en eso no creo que me estén ayudando los dedos.
  7. El corazón.- No me deja permanecer insensible ante nada; con más facilidad de la que muchos creen mis ojos son capaces de nublarse con lágrimas. Y por muy incómodo que a veces pueda resultar, no estoy dispuesto a renunciar a sentir con intensidad todo lo que me ocurre a mí y a los demás.
  8. La espalda.- Sé que la tengo porque otros la ven o porque me retuerzo ante un espejo, pero es una amplia parte de mí que en realidad conozco sólo indirectamente. Os puedo decir poco acerca de ella, sólo las personas que se entretienen en rodearme y observarme minuciosamente podrían describiros esa faceta.
¡Misión cumplida!

Por mi parte, no voy a invitar nominalmente a nadie a que publique su Anatomía octaédrica figurada. Es algo que dejo abierto a quien quiera seguir esta cadena; sí os pido dos cosas:

  • Que quien vaya a seguir la cadena lo avise aquí en un comentario.
  • Que mantengáis el mismo título del artículo para facilitar el seguimiento.

Creo que no es mucho pedir.
(últimamente estoy con unos artículos más bien egocéntricos)

17 julio 2007

Prehistoria del Panflín de hoy

Muchos me han preguntado quién es Panflín; la última fue mi admirada Ferípula. Hoy me he decidido a contaros un poco sobre él:

Érase una vez alguien (llamémosle el niño) que sólo entendía una pequeña parte del mundo en el que vivía. Un mundo en el que la escuela no incluía a niñas; tampoco había hermanas (sólo llegó un hermano, y luego vino otro); el mundo de los grandes, que le aturdían y que casi siempre le hacían sentirse mal: a veces por ser desagradables, a veces por ser superficialmente cercanos o simplemente incomprensibles para su tímida y corta mirada.

Poco a poco (o quizá de repente) el niño descubrió que conocía y sabía hacer cosas que algunos grandes no alcanzaban; un poco después vio que incluso provocaba admiración en algunos. También aprendió a reconocer que tenía en su propia casa personas que lo querían; vivió ilusiones, desilusiones, comprensión, incomprensión, premios, castigos... fue conociendo lo agrio y lo dulce, lo amargo y lo salado, y, con naturalidad inconsciente, lo fue clasificando todo.

El niño fue creciendo; fue aprendiendo; fue pensando; fue sintiendo. Pero, con preocupante frecuencia, sintía miedo. Incluso miedo a sí mismo.

Con los ojos ya acostumbrados a mirar la realidad, fantaseaba con realidades que no existían, mejores que aquéllas que detestaba y que azotaban la piel de sus días y de sus noches. Se esforzaba, se sentía responsable ante las grandes dificultades de su entorno, miraba a sus hermanos, a sus padres, y detectaba en sí mismo sentimientos cambiantes y pensamientos difusamente coherentes... y esto le preocupaba. Su vida se llenaba de puntos suspensivos...

Continuó explotando lo único que le reportaba seguridades y reconocimiento: estudiaba, aprendía, mejoraba, resaltaba en la escuela sin presunción y continuaba su vida discreta, a veces rara, entre miedos, paredes, libros, pianitos de plástico, flautas de hueso y melódicas de tamaño mini.

Un día, la mamá del niño fue capaz de darle lecciones magistrales sin abrir un libro. Así aprendió que en cualquier momento todo puede cambiar; y que todos los cambios suponen esfuerzos, decisiones y sacrificios. ¡Lo vio con sus propios ojos y lo vivió en sus propias carnes! La vida le había transmitido música dramática sin soplar una boquilla; sus hermanos le exigían responsabilidad sin abrir la boca; su corazón empezó realmente a funcionar (sin haber dejado de latir en ningún momento).

Él comprendió que debía crecer y empezó a buscar caminos. Nadie le forzó a ello (o fueron todos a la vez).

El niño llegó a la edad de las espinillas, del bozo, de los pantalones que apenas llegan al tobillo. La edad del instituto. Cambios que acompañaron el conocimiento de muchos nuevos mundos: el mundo de las chicas, de los amigos hasta la muerte, el mundo del deporte, de la Filosofía y de las Matemáticas, de la guitarra y la música encarnada. Aprendió a comparar familias, a verficar afectos, a sentirlos,... continuaba clasificando.

También se confundió a veces. Pero nunca sintió que el miedo lo paralizase.

Sus compañeros admiraban sus dotes para la Física, Matemáticas, o Química, aunque él nunca reconoció tener ningún don. Sólo deseaba aprender, ayudar a sus amigos, progresar juntos, y dar aire de vez en cuando a las alas de su imaginación; plasmar los mundos que llevaba adormecidos dentro de sí desde hacía más de diez años.

En ese momento, por casualidad, nació Panflín, hijo de dos madres: la inseguridad y la creatividad.

Panflín es el Mr. Hyde de ese no-niño. Apareció de repente en la revista de su instituto. Una revista que nació gracias a su amigo Javi y que enseguida le cautivó como proyecto conjunto. Entre los dos la llenaron de canciones, letras inventadas, historias, chistes, pasatiempos, ingenios, dibujos...

Como parte de ese alarde creativo decidió inventarse a sí mismo, pero con algo de lo que los demás veían en él. Y así pretendió mostrarse escondido firmando bajo el seudónimo: Panflín el físico.

En definitiva, Panflín continuó aprendiendo muchas cosas de los libros, pero sobre todo fue instruido por sus amigos (¿el niño los tuvo?), por su madre, por su observación del mundo, y por tantas personas que habían dejado pellizquitos de vida en la suya propia.

Poco a poco, el no-niño quiso ser más Panflín. Y fue aprendiendo a disfrutar de su incipiente adultez, a recibir nuevas lecciones, a experimentar nuevos crecimientos, a relacionarse con el otro sexo, a valorarse a sí mismo, a entablar con Dios a través de los demás y a afrontar nuevos retos...

Durante años, Panflín continuó viviendo dentro de aquel nuevo hombre, moviendo disimuladamente algunos de sus hilos, y arrastrándolo a locuras que le hicieron experimentar la felicidad y que de vez en cuando erizaron todo el vello de su cuerpo.

Pero eso ya merecería contar otra historia.
Por ahora, es suficiente. ¿No te parece?
-

03 julio 2007

Vida mía, querida (I)


Mi querida
Vida:

Se me hace extraño haber compartido tanto tiempo contigo sin haberte dedicado expresamente unas líneas, unos versos, unas palabras sueltas... Has ocupado muchas de mis reflexiones (incluso eres el eje sobre el que gira mi primera aventura en la blogosfera) pero, que yo recuerde, es la primera vez que te escribo. ¡Espero que no sea la última!


Lo primero que debo aclarar es que no sé distinguir dónde termino yo y dónde empiezas tú. Por eso a veces, sin querer, te digo cosas que en realidad debería dirigir a mí; otras veces me creo que yo tengo el mérito o la culpa de las cosas que tú me deparas. Espero que estos líos no nos confundan nunca ni rompan nuestra armonía y complicidad. Sé que depende de mí.

También sé que para algunos no tiene sentido que te preste atención; aquéllos para los que sólo existe el aquí, el ahora, el entorno. Pero aunque el existencialismo describa fríamente una forma de vivir (más bien autolimitada, ¿no?), yo sigo pensando que la Vida es Algo. Que tú eres algo. No reniego de ti.

Por cierto: puestos a clasificar, ya sabes que me veo seguidor del Objetivismo Emocional (si existiese tal variante del objetivismo, cosa que desconozco). Ojalá lleguemos tú y yo a demostrar que se puede transitar por este mundo basándonos en la razón pero sin ignorar los sentimientos y emociones propios, ni los del prójimo. Tan humano es saber razonar como saber sentir; más que humano, yo diría que es divino.

Me estoy poniendo un poco pesado. Mejor olvidemos las clasificiaciones y centrémonos en lo que me ha movido a escribirte hoy: después de tanto tiempo... mmm... he sentido que... yo diría...
La razón... como buen objetivista emocional... mmm...

¡ O y e ! ¡No sé!
Creo que no he razonado mucho antes de escribirte; resulta que es un impulso. ¡A ver si vamos a tener que fundar el objetivismo impulsivo!
Ahora que lo pienso un poco, ¿sabes?, creo que te escribo para enviarte un sentimiento, una vivencia, una certeza... algo que se ve en la superficie pero que está recalando muy hondo.

Hoy, vida mía, quiero enviarte un sentimiento de amor en gratitud.
Quizá debería bastar con decir Amor, ya que el amor siempre es agradecido porque siempre te hace sentir agraciado. Y es que, Vida mía, me he dado cuenta de que te quiero; te quiero y nunca te lo había dicho.

Ahora que lo he soltado, me empiezo a sentir mucho mejor, es como si hubiera descorchado la alegría que aquí dentro amenazaba con agriarse.

Han sido pocas palabras para tanto prólogo, pero así son los impulsos: repentinos, intensos, breves, como actos reflejos, pero a la vez delatores y expresivos.

Si le enseñas esta carta a alguien (tienes permiso), aclárale para que no se confunda:
no le estoy hablando a la Naturaleza,
ni a mis padres,
ni a mi pareja,...
Te hablo a ti, Vida mía,
Vida que existes después de mi muerte,
Vida que esperabas mi alumbramiento.
Mi Vida, tan llena,
mi Vida, vacía,
mis risas, mis penas,
mis noches, mis días,
mis "antes", mis "luego",
mis vueltas, mis idas,
mis miles, mis cientos,
mis muchos, mis varios,
mis pocos, mis CEROS...

Estabas en todo, y en todo sigues estando. Y yo contigo, sin saber dónde poner la frontera entre Tú y Yo...

Pero ¿acaso es necesario?