Nubes.Mirando distraidamente la ventanilla del tren mis ojos se encuentran con un cielo plagado de nubes.
Blancos, grisáceos, alargados o formando pelotones, los nimbos de algodón van cambiando sus formas hasta desaparecer mientras me alejo casi a trescientos por hora.
Regreso al final de un extraño bucle. Un viaje persiguiendo formas como las que otras veces he sido capaz de descubrir en el cielo nuboso:
- aquí, un payaso...
- allí, un elefante...
- si te fijas, más allá, ésa parece un pegaso...
Descubrir lo que no se ve al mirar, ¿es un engaño, una sugestión? ¿o es un privilegio creador? ¿será un apoyo adicional para vivir?
No lo sé. Pero ahora yo sólo veo nubes.
Y me esfuerzo escudriñando, pero vuelven a ser ellas mismas.
Y echo de menos a Pegaso.
Me consuelo un poco al pensar que las nubes son efímeras, sobre todo a esta velocidad: a medida que se van distanciando en el horizonte, las preocupaciones de los primeros kilómetros van dejando de tener sentido.
Atravesamos un túnel. No muy largo.
Al salir vuelvo a ver las nubes, pero ya no me fijo en ellas, sino en la alegría del cielo que las abarca.
Otro túnel. Sigo dentro.
Ahora estoy deseando que termine... para volver a ver el cielo... ¡por fin!
Gracias, cielo, por alojar nubes para mí (o para otros), y por estar al final del agujero.
Son desconcertantes los túneles: al entrar, no sabes cuánto tiempo vas a discurrir en la oscuridad; según van pasando los segundos (¡sólo segundos!) una intranquilidad inconfesable te hace cosquillas, y sólo se alivia cuando vuelves a la luz para decir... ¡qué largo fue ése!
Tiempo cronometrado echando de menos el cielo que lo abarca todo, de principio a fin, esperándome impaciente a la salida de cada túnel.
Hoy sólo he podido ver nubes. ¿Un acierto de mis sentidos, o la torpeza circunstancial de algún sentido no censado?
Tiernos algodones, mucho más tiernos, los que me esperan cuando complete el regreso a casa. Algodones palpables, abrazables, amables...

Cae la noche mientras el tren va llegando a su destino (mi destino).
Ya no hay nubes, ya no hay cielo.
Una paradoja,
porque ahora es
cuando empiezo a sentir sobre mí
la L U Z.
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