Así comienza una canción de Serrat, y se me ha venido a la mente como prólogo para presentar el cuento que sigue a continuación.
El autor, mi hijo David (10 añitos), que me parece que promete en varias de sus habilidades; consiguió el primer premio en el concurso que organizó la escuela con motivo del Día del Libro.
Sin más dilación, su obra, con la portada que él mismo le hizo:
Un niño llamado Jimmy leía un libro que ni siquiera recordaba que lo tenía. El chico, en verdad, era un buenísimo lector y le encantaba estudiar. Mientras lo leía, por su mente pasó una voz que no había oído en su vida. La voz decía:
- Jimmy, ¿te gusta mi historia?
Él se levantó del sillón de un salto y dijo:
- ¿Quién eres?
- Me llamo “La apasionante verdad”.
- Ése es el título de mi libro.
- Claro, porque lo soy.
- ¿De verdad?
- Sí. ¿Quieres venir a nuestro mundo?
- ¿Qué quieres decir con “nuestro”?
- Yo y los demás libros del mundo. Yo soy el rey y el único que puede hablar en vuestro mundo.
- ¡Para el carro!... Los demás libros, ¿también hablan?
- Pues claro. Bueno, qué: ¿vienes o no?
- ¡Claro!
La voz desapareció de su mente. El libro que estaba leyendo se abrió por una página y se hizo hasta más grande que Jimmy. El libro dijo:
- Ponte el cinturón.
- ¿Cuál?
Pocos segundos después, Jimmy comprendió por qué lo dijo: era como volar a 1000 km/hora por un tubo. El libro dijo:
- Éste es el conducto que separa mi mundo del tuyo.
Cuando por fin se acabó, Jimmy creía que alucinaba: todo estaba hecho de cuentos infantiles, libros de texto o incluso revistas, y, quién sabe, quizá esté ahí este mismo cuento que sostienes en tus manos.
Entraron en una librería, se posó en una estantería y dijo:
- Oh… Librería, dulce librería. Jimmy, estás en tu estantería.
- Señor libro, no se moleste, pero yo no puedo vivir en una estantería. Yo prefiero estar en mi ca…
- ¡Silencio! Mientras estés aquí, vivirás como un libro.
Jimmy estaba algo confuso. No le habían hablado así en toda su vida, y menos un libro. Miró el reloj. Era tardísimo. Se acostó y se durmió.
- Jimmy, Jimmy,… ¡JIMMY, DESPIERTA!
Jimmy se despertó de un respingón.
- ¿Quieres conocer la ciudad?
El chico miró a su alrededor. Todos los libros les miraban entre murmullos. Contestó:
- Vale, pero rapidito.
Cuando llevaban un rato, el cielo se llenó de nubes negras y apareció un chico gigantesco. Era pelirrojo, tenía la piel de un color gris oscuro y los ojos brillantes.
- Oh, oh…
- ¿Quién es?
- Es “El Maligno”.
- ¿Y por qué es tan maligno?
- Cada vez que viene rompe, como mínimo, diez millones de libros.
- Pues entonces, él y yo tenemos que ajustar cuentas… ¡Eh,. Tú, Señor Maligno!, ¿podemos hablar a solas, por favor?
- ¿Y tú quién eres? Da igual, pero con la condición de que después dejes que rompa los libros.
- De acuerdo, aunque no creo que vayas a querer.
Se escondieron detrás d eun edificio y se llevaron ahí un gran rato. Se llevaron tanto rato que los libros estaban preocupados. Cuando volvieron, El Maligno cogió un libro. El pobre estaba asustadísimo y se llevó una gran sorpresa cuando éste lo leía. Mientras, Jimmy contaba su problema:
- Lo que le pasaba era que no sabía leer, así que le he enseñado y ya sabe lo interesante que puede ser un libro.
- Entonces, ¿Ya no hace falta preocuparse?
- Pues no.
- ¡Muchísimas gracias, Jimmy! ¡Nos has salvado! ¿Te llevo a casa?
- ¡Sí, por favor!
Cuando Jimmy llegó a casa se puso a leer tanto como El Maligno, que en verdad ya no era tan maligno.
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